viernes, 8 de marzo de 2013

Pero conchetos no


A las tres de la tarde, el sol entrerriano quema sin piedad ecológica. Es un microondas natural que calienta y le da duro y parejo a todos los que se atreven a salir de la escasa y cotizada sombra que la playa del camping Ñandubaysal ofrece a esta hora. No hay filtro que aguante, no hay botella que hidrate suficiente cuando febo asoma dispuesto a la masacre como este sábado en Gualeguaychú.

El Ñandubaysal, ubicado a unos veinte kilómetros de la ciudad, es un paraíso privado regulado al detalle. Aunque Ricardo Iorio haya dicho alguna vez que no es “ningún puto playero”, para el imaginario del rock argentino este lugar remite todo el tiempo a su figura gracias a la canción “Homenaje”, que habla del payador local Augusto Romero y menciona al “Gualeguaychú suburbano”.

Después de pagar los veinte pesos de entrada, los visitantes del balneario pueden refugiarse bajo los árboles de la zona de carpas o dirigirse hacia la orilla del río Uruguay, donde protegerse del sol tiene un plus. “Usar los quinchos sale cuarenta pesos”, dice uno de los empleados del lugar, señalando las sombrillas inmóviles de paja que rodean la arena y alcanzan para cubrir a dos o tres adultos apretujados. El pibe de veintipocos que recorre cantando los cuarenta con amabilidad tiene mucho laburo esta tarde: el lugar está copado por fanáticos de La Renga que hacen la previa del recital que esta noche se realizará en el Corsódromo. A diferencia de lo que podría pensar alguien que sólo asistió por Crónica TV a recitales multitudinarios del rock argentino, los que acuden a estos encuentros no son tribus de salvajes busca bardo con orientación pomelística; sino adolescentes y adultos jóvenes que quieren pasarla bien sin que los molesten. No pretenden armar un pogromo anticareta en cada localidad que les toca visitar. Tras décadas de peregrinación rockera por las rutas del país, casi todos los desangelados están amaestrados. Los más viejos, súper aburguesados, quieren viajar cómodos y se pagan el avión ida y vuelta si hace falta. Los de la generación intermedia (que rondan los treinta) se bancan la carpa y el viaje de caravana etílica, pero eligen los mejores cortes de carne antes de salir y no compran fernet si no es Branca. Son leones mansitos que rugen un ratito en la previa y recién se desatan durante las dos horas de recital. Todos son civilizados, pero eso no significa que estén dispuestos a pagar por cualquier cosa. En pocos minutos, el pibe del camping termina su recorrido sin un peso y con una promesa multiplicada en cada sombra: “en un ratito nos vamos”.
En la ciudad la imagen no es muy diferente: la costanera, el parque Unzupé y hasta el puente Méndez Casariego son los puntos de encuentro de los fanáticos rengos que a la mañana empezaron a llegar (como siempre) desde casi todas las provincias y países limítrofes. Entre termos y mates (objetos casi religiosos para los entrerrianos) y carteles de “No a las papeleras”; el termómetro a la altura del sol obliga a desempolvar las bermudas. A pesar del calor y la humedad penetrante, el riguroso negro del rockero pesado no será negociado. Las chicas, mujeres duras que están a la altura del aguante de los pibes, que quieren si quieren más y no se dejan engatusar; también parecen uniformadas: en Gualeguaychú hay más shorts de jean que cervezas.
A diferencia del público del Indio Solari, los seguidores de La Renga parecen tener una mayor homogeneidad. La comparación no es gratuita, porque La Renga y el ex PR son los únicos capaces de convocar a miles de personas en cualquier punto del país. Pero mientras al pelado sibarita lo van a ver todos (desde el cheto gorila hasta el lumpen), a los mismos de siempre (que cada vez son más) los une una columna vertebral inevitable que se dispara desde el mismo seno de la banda: respiran el más puro rocanrol argentino de manual y se aprendieron de memoria las máximas de autenticidad que obligan a no careterla ni un poco. No hay lista de catering estrafalario para La Renga; nada de alfombra roja; ningún almuerzo con Mirtha aunque la hayan invitado a morfar; no hay casas en Leloir ni entrevistas en las que los periodistas son amenazados con perros feroces. Los integrantes del grupo (ChizzoTeteTanqueManu; más el mánager Gaby y el resto del grupo de laburo) siempre se mantuvieron en una senda coherente que le debe muchísimo al Pappo más suburbano y al Luca que bajaba línea de austeridad y simpleza eligiendo alquilar una pieza en una pensión mugrienta. Así, entre los seguidores de La Renga se pueden encontrar personas de distintas edades, orígenes y poder adquisitivo; pero con posturas semejantes. Con formas de encarar la vida que son parte del mismo mensaje que emite la banda a través de sus canciones.
A las siete de la tarde, los vecinos más pudientes de Gualeguaychú empiezan su exilio. Todos se van a las playas, un poco para aprovechar la hora y media final del día, cuando el sol ya no pega tanto; y otro poco para alejarse de la zona tomada por el recital, que ya se hace notar en toda la ciudad. En cada esquina, kiosco o bar se ven grupitos de remeras negras, conservadora en mano, escuchando las canciones de La Renga en todos los reproductores imaginables. Y esos son los más rezagados. El grueso ya está en la Zona Cero, con la plaza Francisco Ramírez de primera base y la avenidaRocamora como el conducto hacia el núcleo del aguante: las cinco cuadras que conforman el Corsódromo, que se ubica entre las avenidas Piccini y Estrada. Por ahí circulan los que todavía no entraron. Entre puestos improvisados y bares que no paran de vender; los pibes van y vienen. La policía aparece en cuentagotas y en ningún momento se mete a molestar. La libertad que se respira en estos eventos (otra vez hay que sumar a Solari) es una batalla ganada a través de los años. Algo que se suele mantener siempre y cuando la organización no falle y la policía no se ensañe. Cuando todo está bien, es muy difícil que el rock provoque disturbios.
Los que van llegando sobre la hora respiran aliviados al ver que las ventanas de la boletería todavía están abiertas. Hay entradas y se venden a buen ritmo. Durante la semana previa al show se había anunciado que los tickets estaban agotados y los organizadores pedían que nadie viajara sin su acceso ya adquirido. La movida no resultó. La gente viajó igual y entonces no queda otra que seguir vendiendo. Mientras tanto, a las 20, cuando falta casi una hora para que comience el concierto de La Renga, los locales La Imaginaria copan el Corsódromo y se ganan al público. Con una canción en contra de la empresa Botnia que tiene un estribillo pegadizo como el mate (“No, papelera no”) se asumen como músicos comprometidos con su realidad y sacan chapa de auténticos. Además, suenan bien. El sonido dispuesto es extraordinario para una banda under, algo que no es común para los teloneros de turno. La Renga suele convocar a músicos de la ciudad que les toca visitar y les dan la oportunidad de mostrarse ante miles de personas en un buen escenario (en Salta, los convidados fueron los Gauchos de Acero). La Imaginaria se desenvuelve perfectamente arriba del escenario, agradece poder cumplir un sueño y destaca la humildad “de la banda más grande de la Argentina”. 
Los que ya están adentro, además de poder escuchar rock entrerriano y cantar contra las papeleras, se dan cuenta de que este recital no va a ser uno más. Todo está dispuesto de una manera atípica y recuerda a las movidas gigantescas que caracterizan al grupo, como Huracán 2004. En este caso, el escenario tiene dos frentes. El Corsódromo es una avenida rodeada de tribunas a lo largo de cinco cuadras y si el grupo hubiera pretendido colocar el escenario en uno de los extremos, la vista se le hubiera dificultado a los más alejados. Entonces, la solución llegó de manera novedosa: al medio, apuntando para los dos lados.
La Imaginaria promedia su show y los de afuera comienzan a apurarse para entrar. Las puertas de acceso se abrieron a las 18 y dos horas después la cosa empieza a agitarse. Los que se encuentran sobre la avenida Piccini deben dar toda la vuelta hasta su paralela, Estrada, donde están los dos ingresos habilitados. Todo va bien hasta que se topan con el primer vallado. Lo custodian un policía y tres miembros de la seguridad privada, que visten pecheras blancas. Los organizadores no tuvieron mejor idea que dejar un espacio de un metro y medio para el paso de todos los asistentes. De esta manera, se arma un embudo que todos quieren atravesar. A medida que pasan los minutos y no se avanza, la gente se empieza a agolpar, apretujar, empujar e impacientar. Los insultos no tardan. Una chica con los costados de su cabeza rapados intenta que una amiga la ubique entre la multitud. Las indicaciones por celular no sirven y se resigna. Ya gastó mucho en llamadas. Especialmente en esta zona, donde los teléfonos modifican la hora argentina por la uruguaya y las antenas de las empresas telefónicas del país vecino se convierten en los dueños de la señal sin previo aviso, provocando que los costos se vayan por las nubes. En el medio del tumulto, una pareja junto a su hija de no más de cuatro años intenta avanzar. Los que se dan cuenta, piden a los gritos que los dejen caminar. No hay mucho caso: apenas logran que la nena se trepe a un alambrado que está al costado y que aguanta a los que están más al borde. También aparecen los que piden tranquilidad de manera desaforada y los que quieren confirmar que acá son todos copados y no unos vigilantes amigos de lo reaccionario. Para eso, aseguran que hay que saltar, hay que hacer algo obligatorio para demostrar que no se es parte de la masa botona que no deja vivir en libertad.
En el vallado, un oficial aporta su escudo para prolongar el cerco. Los de seguridad hacen pasar de a treinta personas. Hay miles. Cuando la gente logra atravesar el estrecho acceso, deben caminar unos veinte metros hasta el primer cacheo, ya en la avenida Estrada. Lo realizan policías, que piden abrir mochilas, destrozan paquetes de cigarrillos para corroborar el contenido y palpan bolsillos, preguntando qué hay dentro. A los costados, las casas de familia de este barrio gualeguaychense siguen con sus puertas abiertas, como si se tratara de un atardecer más de verano. Los vecinos no postergan su rutina de salir a la puerta a tomar mate y aire fresco. Una costumbre de pueblo tranquilo que no se ve alterada en ningún momento. Los fanáticos rengos no le prestan atención a los curiosos locales, sólo caminan hacia adelante, con la entrada en la mano, levantándola cuando hace falta, cuidándola de los pungas y ansiando que se terminen los dos vallados que restan antes de estar definitivamente en el Corsódromo.
Una vez adentro, la gente se empieza a acomodar en la avenida que suelen usar las comparsas para desfilar o en las tribunas de cemento dispuestas a los costados. Una sábana blanca ubicada en la parte superior de las únicas gradas armadas con tablones reza “NO habilitada”, con el “no” en rojo. Allí sólo se pueden colocar banderas. Después de un tiempo, la advertencia se confunde con las aproximadamente setenta banderas que copan el sector. Todas tienen frases de canciones rengas e informan sobre su procedencia. La mayoría, como siempre, es de la zona de Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Las demás cuelgan del alambrado cuadriculado que rodea a las otras tribunas y que permite un perfecto ascenso de los más arengados o los petizos que no ven bien. 
La Imaginaria termina su set bajo una lluvia de aplausos. Ahora sólo resta esperar. El público sigue entrando y ya nadie cree que el comienzo del recital vaya a ser puntual. Todo estaba anunciado para las nueve de la noche, pero con la gente aún empujándose en el milimétrico acceso es difícil que La Renga suba al escenario. Para matar el tiempo, los fanáticos se pasean por el predio y se indignan por los cuarenta pesos que deben desembolsar por cada cerveza y los veinte que se exigen por el litro de agua. Para colmo, la noche estrellada es una continuación del día caluroso y los cuerpos piden beber y beber. No hay manera de escaparle al consumo y los vendedores no aceptan regateos: cuarenta pesos o a llorar a la iglesia. 
Con el Corsódromo cada vez más lleno, los pronósticos entusiastas empiezan a quedar chicos. Acá van a entrar más de 30 mil personas. La tribuna de banderas es copada por los que llegan tarde. El flacucho de pechera blanca que está a cargo del sector no puede hacer nada para evitar que cientos (¿miles?) de personas suban y se instalen, arrugando los trapos, para el horror de sus dueños, que ven desde lejos cómo sus preciados estandartes empiezan a ser pisoteados y removidos. 
En otro sector, un pequeño grupo empieza a burlarse de Soda Stereo con un cantito anacrónico de épocas pasadas que no suma muchos adeptos y se apaga rápidamente. 
La “no habilitada” ya se llenó de gente y es el momento de los de seguridad, que entran en acción. Los patovas del palo comienzan a desalojar y los pibes bajan ordenada y obedientemente, excepto por algunos apurados, que prefieren trepar el alambrado y tirarse. Los muchachos de blanco los detienen y los invitan cordialmente a bajar señalándoles la escalera. Finalmente sacan a todos, pero algunos trapos acusan recibo y quedan desacomodados.
A las diez de la noche ya están todos ubicados en el Corsódromo. Efectivamente, hay más de 30 mil personas, quizás 40 mil. Explota. Las dificultades para entrar, el calor y el cansancio por el viaje quedan detrás de la ansiedad y la expectativa de un recital que ya está por empezar.
A las 22.10, más de una hora después de lo anunciado, cuando ya no quedan más que algunos rezagados intentando entrar y todos los vecinos están pegados a las vallas que cercan el predio; se apagan las luces del Corsódromo de Gualeguaychú. Tras unos pocos minutos de intro en las pantallas ubicadas a los costados del escenario, La Renga hace su aparición y arranca su presentación final del 2012 con “La furia de la bestia rock”, una de las canciones más conocidas de Algún Rayo, el último disco hasta la fecha del grupo. La gente que abarrota el lugar responde con euforia, corea los riffs y canta las letras. El sonido es excelente y las pantallas ayudan a apreciar todo correctamente, a pesar de la distancia que deben padecer muchos.
“¡Buenas noches, Gualeguaychú!”, saluda Chizzo con su vozarrón habitual, cada vez más de ultratumba. El cantante agradece la hospitalidad con la que fueron recibidos en la ciudad y la banda arremete con “Tripa y corazón”. Delirio. Muchos creen que la primera canción de un concierto tiene que romper todo, y no se fijan en el papel que juega la número dos. En general, el primer tema es para asentarse, plantarse firme, decir “acá estamos, muchachos”. El segundo, en cambio, suele ser una piña directa a la cabeza. Ahí sí, la banda dice “tomá, puto, ¿querías agitar? Acá tenés”. Y nunca falla.
Los dos frentes del escenario obligan a la banda a moverse constantemente. Chizzo, vestido de reglamentario negro, con un pañuelo en la cabeza y una máscara en la nuca; alterna entre los micrófonos de cada lado. Si canta en uno, hace el solo en otro. Tete, con su look setentoso habitual, rebota en todas las direcciones. Las cámaras no lo pueden seguir porque el bajista está más incendiado que de costumbre. Agita los brazos, canta, corre, sonríe, no para de arengar. Es el primer fanático del grupo. El ejemplo para los 40 mil que copan el Corsódromo. Tanque gira en el medio. Cada tanto, el baterista empieza a rotar mientras golpea los parches y los platos con su potencia habitual. 
“Canibalismo galáctico” y “Almohada de piedra” continúan en la lista. El recital empieza a perfilarse como uno más en la serie revisionista que La Renga viene realizando desde mediados de año, cuando finalizó la gira de Algún Rayo y el grupo armó un show repleto de perlas viejas que enloquecen a los más fanáticos.
“Esta canción es para todos aquellos viajeros que vienen de lejos”, anuncia Chizzo y el grupo regala “Motoralmaisangre”. Después, la fiesta se interrumpe por primera vez. “Están sacando maderas del mangrullo. Nos vamos a quedar sin sonido. No está habilitada esa tribuna”, dice el cantante, apuntando hacia un costado. A sus espaldas, los que están frente a las gradas armadas con tablones que en un principio habían sido abiertas sólo para colocar banderas, empiezan a silbar y a señalar a los que ocuparon ese sector sin autorización. Pero Chizzo no se está refiriendo a ellos. Está mirando para el otro lado. Confusiones de un escenario con dos frentes.
“Acá se portan bien los chicos, ¿te das cuenta?”, comenta el violero, contento como un papá orgulloso por el nene que ya anda solo en la bici, después de que el problema se soluciona rápido. Inmediatamente llega “El rey de la triste felicidad”, seguida por “Detonador de sueños”. “Algún rayo”, con un Tanque no apto para cardíacos, pasa desapercibida porque la gente no se copa mucho. Salvo excepciones, se nota cierto desencuentro entre los fanáticos y el último disco del grupo.
“El twist del pibe” devuelve el clima festivo. Al finalizar, Manu reitera el pedido para que desalojen nuevamente la tribuna que Chizzo había mencionado unos minutos antes. Enseguida, “Bien alto”, en tremenda versión, es el anticipo perfecto para “Poder”, el primer corte del último disco. Nacho Smilari, guitarrista legendario del rock argentino (“tocaba cuando acá todavía cantaban en inglés”) aporta el mejor solo de la noche. “Al que he sangrado” atropella con su comienzo ascendente e imparable.
Smilari regresa enseguida para “Dioses de terciopelo”, un blues heredero del mejor rock de los setenta y que linkea directo con “El cielo del desengaño”, otra pieza renga que remite a esos años.
Uno de los mayores impactos de la noche llega con “El juicio del ganso”. “A ver si tienen memoria”, había provocado Chizzo segundos antes de comenzar con la excelente versión. La gente delira, se agarra la cabeza, no lo puede creer. Los que están trepados al alambre agitan más que nunca. Todos se queman la garganta gritando la letra. No les importa desafinar. Es una catarsis total. Los recuerdos de cada uno de los presentes flotan en el aire. Hay algo acá que es mucho más que el gusto por una canción. Son otras cosas: vivencias, conexiones, experiencias felices y horribles, traumáticas o inolvidables; que están marcadas a fuego en cada uno de los que se desgarran las cuerdas vocales y que llevan esta música en sus cabezas, como banda de sonido ineludible.
Termina la canción y todos siguen cantando, pero esta vez para la banda, agradecidos. Cuando reciben temas emblemáticos, los fanáticos quedan cebados, dicen que cada día quieren más a la banda y que es un sentimiento que no pueden parar. Son perros entusiasmados después de que les tiraron la pelota para que la vayan a buscar. Felicidad total.
“En el baldío”, “Cuándo vendrán” y “Oportunidad oportuna” mantienen altísimo el nivel de interacción entre la banda y la gente. “El ojo del huracán” prolonga el éxtasis y “Arte infernal” cierra la sección más fuerte del show.
“Mamita querida, con esto de los dos lados…”, dice Chizzo, agitado de tanto ir y venir. Al cantante, poco acostumbrado a moverse demasiado arriba del escenario, le está pesando el recorrido. Tete no acusa recibo, está en su salsa. Sigue como en el primer momento. Revolea las banderas que le arrojan, arenga más que los que están colgados del alambrado.
A Chizzo le avisan que no se puede seguir. “¿Cuál es la tribuna, che? Parece que se rajó. Están las comparsas y no pasa nada, venimos nosotros…”, dice el cantante, y agrega que todo se detendrá para desalojar la tribuna de cemento que no se la banca. 
La banda también se retira, como para bajar la ansiedad, y un miembro de la organización pide que todos bajen, que colaboren, que no hay prisa. “Tenemos toda la noche, no hay apuro, bajen tranquilos”, dice. Habla con un cuidado casi quirúrgico para no provocar una avalancha o algo peor. Los de seguridad acatan el modo tranquilo y piden amablemente que vayan bajando, por favor. 
Mientras tanto, atrás de las tribunas, muchos hacen filas para ir a los baños químicos, que están atendidos por una sola persona por lado. Uno de ellos tiene un cartel que dice “Su propina es nuestro sueldo”. Algunos pibes, en cambio, están rotos, tirados en el pasto con una expresión exhausta. Otros encaran minas. Muchos revisan sus celulares. La mayoría insulta al aire por el precio de la cerveza, pero igual compra. Los vecinos de la zona siguen contra la valla y algunos hablan con los que están adentro. 
Tras veinte minutos de espera, la banda vuelve al escenario. Chizzo agradece “por la educación y la confraternidad” de los que se bajaron sin problemas. Y se descarga: “Me da bronca cuando dicen que los que vienen a ver a La Renga son todos negros y grasas”. El violero ataca el típico prejuicio del tilingo que es capaz de escuchar Oasis pero desprecia a este grupo argentino de rock pesado, de ruta, asados y discurso sin glamour; sin darse cuenta de que los hermanos Gallagher poseen el mismo origen suburbano que los Iglesias y Nápoli
“Despedazado por mil partes” reanuda el show, seguida por “Psilocybe mexicana”. La gran fiesta vuelve “con la cañería a pleno”. “El viento que todo empuja” les da a las 40 mil almas eso (sólo eso) que esperaban, que es mucho más de lo que parece. “El final es en donde partí” ya es un clásico imbatible. Un gol seguro, Messi encarando solo en la puerta del área.
“La razón que te demora”, una de las últimas canciones de la noche, es otro favorito de la gente, pero curiosamente confirma que un gran porcentaje del público no se sabe la parte en la que Chizzo canta “ya habrá muerto con una verdad olvidada en tu memoria”. Cuando llega esa estrofa, muchos se quedan callados de golpe, casi murmurando esos versos dichos con rapidez. Retoman el coro cuando el riff reaparece.
Y hay algo extraño ahí, del otro lado. Es la gente, que rodea a la banda en uno de los actos de fidelidad más imponentes que se pueden vivir por estos días en la música argentina. “Panic Show” hace rugir a la bestia en la tierra del carnaval. No hay dudas, estos 40 mil jamás habrían pisado un Corsódromo si no fuera por el rock.
“Para nosotros fue una noche impresionante, gracias. Nos vamos, como siempre, hablando de la libertad”, saluda Chizzo y el grupo arranca con su himno mayor, la declaración de principios por excelencia de La Renga. Es casi imposible que el grupo termine algún recital con otra canción, “Hablando…” es algo muy fuerte. Significa casi todo para los que están arriba y abajo del escenario. Resume años de recorrido, su letra es la tabla de la ley de los mismos de siempre.
Termina el tema y la guitarra de Chizzo se queda acoplando, mientras Tete saluda en la valla y la gente se empieza a retirar en la mayor tranquilidad. Es un enorme cierre de año para La Renga, a pesar de las fallas en la organización, de los peligros de las tribunas, del desborde de público (era fija que 30 mil personas era una cifra minúscula para un concierto a tan pocos kilómetros de Capital Federal). En Gualeguaychú, como en todos lados, nadie quiere problemas, sólo buscan conmoverse, hacer que la vida valga la pena nuevamente. Esta noche lo consiguieron con creces y el 19 de enero van a ir por más.
Foto de Matías Mendieta.
Cobertura del recital que La Renga dio en Gualeguaychú el 15/12/12. Publicada originalmente en rocksalta.com.

martes, 26 de febrero de 2013

"Y le firmé un autógrafo a Spinetta, boludo. Es re loco"



Pity en Tucumán, el jueves 7 de febrero, recordando su encuentro con Luis Alberto Spinetta.
Fuente: Triburock.

jueves, 21 de febrero de 2013

La tranquilidad después de la paliza


Esta nota de agosto del año pasado fue de las que más preparé. No todos los días se habla con Say No More, así que la ocasión exigía demasiado. Al final, la nota fue de unos diez minutos. Cortita, como pase de equipo elegante; pero rendidora. Intenté sacarlo a García del habitual "estoy re bien, me siento mejor que nunca" para meterlo en la etapa SNM. Algo salió. Además, el Negro García López y (especialmente) el Zorrito contribuyeron a completar el panorama de este Charly post tratamiento (y de paso me ayudaron a llegar a la extensión que habíamos fijado en un principio. Sin ellos, estaba hasta las pelotas).
De todas maneras, lo mejor fue cuando Charly me dijo "Hola, Felipe, ¿todo bien?".


(El maestro Gustavo Sala también publicó en la misma revista: Rock Salta 11)

La noticia apareció en un periódico no sensacionalista. Decía, simplemente, que había ocurrido un incidente en Mendoza, uno más en la vida de Charly García. Era junio de 2008 y las crónicas de las últimas horas de Say No More cuentan que García había ofrecido un concierto de 50 minutos en San Juan, el viernes. Se había trasladado a Mendoza en limusina, el sábado, donde tocó para 300 personas; y se descompensó el domingo, obligando a suspender el último show de esa mini gira cuyana. Los destrozos, las agresiones, la merca y, especialmente, la fatal salida en camilla (de espaldas, atado y a los gritos) fueron las imágenes finales del Constant Concept que Charly inauguró en los 90. Una manera de vida que lo tenía siempre al límite, a punto de caer.
Cuatro años después, en julio de 2012, Charly está en el Samsung Studio, su búnker actual, donde ensaya y perfecciona su show, el mismo que traerá a Salta el próximo 19 de agosto. Está tan metido en lo suyo que pide que la entrevista no sea extensa, para poder volver a trabajar lo más rápido posible. Saluda, se ríe, se muestra amable y absolutamente lúcido. La dificultad que Charly presenta a la hora de hablar se da de bruces con la rapidez de pensamiento que siempre tuvo y aún conserva. Escucharlo y verlo moverse apunta hacia el exceso de psicofármacos y la definitiva quemadura cerebral. Leerlo y verlo trabajar con su música es la confirmación que García lo hizo otra vez: zafó por un pelito, pero zafó (“ése es el arte del maestro”, había dicho en 1996).
La recuperación de Charly probablemente resida en su enorme capacidad de reinvención. No es la primera vez que atraviesa algo parecido. Sus internaciones en los 90 y los momentos extremos que él mismo transformó en discos inapelables (ahí está Influencia) lo curtieron lo suficiente para enfrentar un nuevo desafío. Ese demasiado ego que porta desde siempre seguramente ayudó a que la función final no sea triste y decadente, sino a lo grande, como a él le gusta. Este milagro de 60 años está motivado por su amor propio, por la ayuda que recibió y ahora también se mantiene por las canciones, su motor mayor. El ciclo de conciertos que ofreció en diciembre pasado en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires y su posterior edición en el elegante box set 60 x 60 confirman su gran momento. Los escépticos podrán entender con sólo prestarle atención al contenido de la caja: no se trata de un Charly en modo gagá, bancado por una banda que le salva las papas, mientras afanan con versiones desprolijas de los temas de siempre. Se acabó el tiempo de las canciones cantadas sólo por un público que ve azorado como llueven instrumentos desde el escenario. Es Charly García arreglando su repertorio clásico y no tan clásico, dirigiendo una orquesta y un ciclo de conciertos que sorprenden por su calidad y por la performance.
“Estoy muy entusiasmado con la música. Eso se nota en la caja, porque son muchísimos temas, hay mucho ensayo, suena de primera, me ocupé de todo. Realmente trabajé de productor, instrumentista, de director de orquesta, de todo. Y estoy muy conforme porque hacía tiempo que yo no me involucraba en un disco así y realmente lo pude hacer sin caer en el caos”, dice Charly, mencionando una palabra clave para describir su etapa más polémica. “El orden para mí, el caos para los demás”, se atajaba en su momento, cuando le reprochaban la pérdida total de rumbo.
Hoy, el caos parece haberse borrado por completo. No está en los discos, tampoco en las canciones, mucho menos en su vida. Quizás, el contraste tan fuerte que existe entre el Charly que todos recordamos y el actual sea el mayor impacto.
“Yo lo vi desde el minuto cero a este proceso, desde que entró a esa internación famosa después de lo de Mendoza. Y lo vi, básicamente, luchando mucho, poniendo mucho el cuerpo para salir de una situación donde había un desorden muy grande en todo sentido: psíquico de él, físico y también laboral. Estaba todo teñido por una crisis muy profunda. Yo lo defino como que chocó de frente contra algo fuerte, pero se salvó. Fue a parar al hospital pero poniéndole el cuerpo. Y por el sacrificio que le puso pudo salir caminando, escuchando, viendo, pensando. Lo que sí, tuvo que poner mucho el cuerpo para volver a empezar y eso es lo que más me impresiona: cómo se la banca poniendo el cuerpo, la cabeza, las emociones. No fue fácil para él”. El que habla es Fabián Quintiero, el Zorrito, tecladista histórico de García desde la época de Parte de la religión (1987). En 2009, Fabián se reincorporó a la banda, tras su salida en 1995.
Para el Zorrito, esta internación, la última, fue distinta a las anteriores; y trata de encontrarle una razón al resultado exitoso del tratamiento: “La edad que él tiene esta vez pesó, lo trajo para otro lugar a García. Las veces anteriores él era más joven. Son distintos momentos, la edad biológica también es importante. Se habla siempre de que hay una edad espiritual, una edad más abstracta de las personas, pero también existe la edad biológica, la que el cuerpo tiene y que, avanzada una cantidad de años, te factura todo lo mal que lo trataste. Esta vez, me parece que la edad lo tiró para otro lado y lo trajo a un nuevo período donde a él sí se lo nota ya con años. Y eso impacta a la gente, porque la imagen que teníamos de Charly, desde Sui Géneris hasta hace cuatro o cinco años, era la de un Charly más dinámico, joven. Y de repente te impacta porque se pasa un poco de señor a un hombre más grande y bueno, eso les pasa a todos. A los artistas también les pasa. Ya los vemos a los Rolling, que tienen casi 70 años, con una imagen casi de la tercera edad. Y García cumplió 60 años y se le nota que ha tenido una vida intensa y que él es muy fuerte también físicamente. Porque si no fuera tan fuerte no sé si hubiera llegado hasta acá. Pero más que nada, a mí, que me tocó verlo de cerca, lo que sí me impresiona es cómo le puso el cuerpo. ¡Cómo se lo pone! Se lo pone todo el tiempo, porque, él seguramente sienta que tiene menos capacidad física que antes para afrontar un escenario, para dirigir un grupo. Pero hablo sólo de lo físico, no hablo de lo mental porque de lo mental está muy bien. Estuvo lúcido, estuvo consciente de que estaba haciendo lo que estaba haciendo, fue consciente de que estaba tocando, de que estaba saliendo a tocar. El quiso salir a tocar, quiso salir de gira, sigue siendo el jefe a pesar de que puede delegar en personas de absoluta confianza algunas cosas. Pero siempre ha sido consciente. Creo que el cambio más notable es en lo físico, pero tiene que ver con la edad”.
Otro que volvió a estar cerca es Carlos García López. El Negro, guitarrista de García hasta 1993 e integrante del operativo retorno desde 2009, opina que Charly, después de su recuperación, “en ningún momento perdió su talento musical, su swing, su onda”. “Y eso para mí es lo más importante –cuenta. Y que él obviamente esté bien, porque es mi amigo y nos preocupa a todos que su salud esté bien; porque estando bien él podemos disfrutar del 60 x 60 y otras cosas más que pueda llegar a hacer”.
El ambiente en el que hoy vive Charly está teñido por un orden total. Y se nota en 60 x 60. Ya se acabaron las maratónicas sesiones de tres días en el estudio de grabación. Ahora sabe cuándo detenerse. “No sé qué pintor decía que uno no termina las obras, las abandona –explica García. Y esta vez tenía una idea más clara del marco, del caballete. Entonces, consciente de los límites, pude ordenar mejor los colores”.
La palabra “consciente” está muy presente en todas las charlas. El Negro y el Zorrito apuntan a eso: Charly sabe lo que hace y no es ningún gil. “Charly es consciente de que le llegó un tiempo distinto –opina el Zorro. De que le llegó un tiempo de una edad más grande, de una vida como de hombre grande, de una vida sin trasnoche, sin mostrarla tanto como hizo siempre. Entonces, una vida más de pareja, más íntima, más de casa. Esa es la vida de Charly hoy, combinada con algunos shows en vivo y algunas ideas que tiene, como ir a hacer nueve Gran Rex, hacer 60 canciones. Todas esas son cosas que se le ocurren a él. Todavía no hemos logrado que toque lo que no quiere. Nosotros no lo podemos lograr. Siempre es a gusto y placer de él y en eso nunca perdió el control de la situación. Nunca. Nunca perdió el control de la decisión”.
Quintiero toca un tema que es tópico en cada charla sobre el García actual: ¿acaso está tan sedado que se deja manejar por un entorno maquiavélico que sólo quiere aprovecharse de su situación para sacar guita? El Negro responde: “Ojalá que lo escuchen todos los que hablaron: me parece un comentario burdo y fuera de lugar. Acá se hace lo que quiere Charly, nunca se lo va a manipular ni mucho menos. La gente que no lo conoce opina y dice boludeces porque, obviamente, son boludos. Si vos no sabés de qué color es la camiseta de Boca, no hablés boludeces, no digas que es violeta y verde. Es medio así; perdoná que te haga una comparación medio tonta, pero me parece que todos los que opinan y todos los que hablan, hablan sin saber. Acá se hace siempre lo que quiere Charly, nunca se lo puede manipular”. “Yo desmiento que el entorno lo domine, totalmente. Podrían ponerle cámaras ocultas y se darían cuenta de que no lo domina nadie”, agrega el Zorrito.

Entre 1996 y 2008, García vivió doce años de búsqueda artística extrema, poco comprendida y totalmente auténtica; que lo obligaron a entregarse por completo. Su “Concepto Constante”, la idea del artista como obra, lo consumió. Por supuesto, estaba alimentado por los excesos; pero aún así, en ese tiempo él dio mucho más de lo que todos suponen. Los que sólo veían a un viejo drogadicto en decadencia entendieron pésimo. Muchos se quedaban con los escándalos y no escuchaban los discos: allí mismo, Charly decía lo que pasaba (“Cuando la gente dice que estoy bien, no puede ver debajo de mi piel”). Y uno de los motivos de esa incomprensión casi total que sufrió fue la ausencia de lectores para sus entrevistas. ¿Acaso no era obvio que un artista que cree que su vida es su obra completaría su trabajo más allá de los recitales, discos y canciones? En las notas, García explicaba, brindaba las razones de su inquietud artística bajo capas y capas de palabras y declaraciones descartables. Igual que en los discos, lo sobregrababa todo para no quedar tan expuesto. Y los que conocían su vida (sus discos), comprendían. Sabían de qué se trataba. Terminaban de cerrar el concepto.
Say No More, el disco, es una declaración de principios que se establecieron mucho antes de que el público pudiera comprender la mayor parte de su contenido y su mensaje. Se trata de un álbum profundo, basado en sus experiencias personales, en su visión del mundo. El disco comienza con “Estaba en llamas cuando me acosté”, canción clave del universo García de los 90. El título y el relato que abre el tema fueron extraídos del libro Todo lo que hacemos sin saber por qué, de Robert Fulghum. Charly encontró un ejemplar en la clínica donde estuvo internado en 1994 y tras leerlo se aferró a las ideas que brotaron de su cabeza, como Di Caprio a la tabla de madera en Titanic. Charly también se hundió, a lo Jack, pero volvió a flotar; hasta irse al fondo de nuevo. Lo hizo una y otra vez, durante años, en una montaña rusa de merca, saltos al vacío, problemas mediáticos, discos exitosos, críticas, elogios, fans incondicionales, detractores, incoherencias y canciones inolvidables que terminó en ese fatídico fin de semana mendocino.
Debajo de todo eso, quedó la obra. Discos como Say No More (1996), Alta Fidelidad (1997), El Aguante (1998), Demasiado Ego (1999), Sinfonías para adolescentes (2000), Influencia (2002) y Rock and Roll (yo) (2003); abordaban una nueva manera de trabajo para Charly. Mientras todos le rogaban volver a las fuentes, a Piano Bar (1984) o a Clics Modernos (1983), él hacía lo que tenía ganas. Lo hizo siempre, sólo que en aquella oportunidad no hubo afinidad popular. La etapa Say No More fue la de mayor riesgo creativo de García. Porque apostó por una idea, la buscó, la desarrolló, aún a pesar de que sabía que, por primera vez, su famosa antena no sólo no sintonizaba con la mayoría de la gente, sino que además estaba muy adelantada a su tiempo; tanto que todavía hoy es difícil escucharlo. Durante toda su carrera, Charly caló hondo en ese inconsciente colectivo que lo hizo popular y lo diferencia de Luis Alberto Spinetta, igual de talentoso e influyente, pero sin llegada masiva ni estadios repletos. Antes, ese anticipo que primero descolocaba y enojaba a su público se terminaba haciendo carne en todos. Pasó con Seru Giran, pasó con Clics Modernos. No pasó con Say No More.
Lo curioso es que Charly siempre eligió como sus obras preferidas a discos que no son populares. Para él, sus mejores trabajos son Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1975), el debut de La Máquina de Hacer Pájaros (1976) y sí, Say No More. “Un artista siempre valora cuando se tira a la pileta. No literalmente, sino cuando se libra las cadenas de lo fácil y se manda a hacer algo completamente nuevo para él. Quizás esos discos no están bien terminados o tienen defectos, pero significan para mí pasos adelante, como significó también, no sé, Confesiones de invierno (1974), en su época. Seguramente Clics Modernos sea el mejor, pero esos discos son los que más me recuerdan el espíritu y el idealismo con que los hice”, dice García hoy, aferrado por siempre a su idea de no transar con nada y continuar musicalmente haciendo la suya. “Puta soy, pero a mí nadie me cogió”, dijo alguna vez. Ahora, reflexiona sobre su obra y cuenta: “Clics Modernos fue un disco criticado al principio, pero es un disco mucho más ‘normal’, no hay defectos. En Say No More hay defectos. Conscientemente los dejé, porque estaba buscando una armonía que no está hecha y a veces esas armonías son muy raras. Pero no tengo una dirección que yo pueda decir ‘bueno, este es mi mejor disco’. A todos los quiero”.
La crítica masiva a Say No More sacaba de quicio al García más tóxico y ególatra, al de los brazaletes, los helicópteros que tiraban muñecos y las declaraciones grandilocuentes. Hoy, Charly se muestra sorprendentemente abierto y franco, hasta comprensivo con los demás. Cuando se le pregunta si esa etapa fue malinterpretada, responde: “Mirá, no lo digo yo, lo dijeron muchos antes (Bob Dylan, inclusive): el artista tiene que tener fracasos, porque si todos son éxitos quiere decir que algo anda mal. Hay que asumir, sentir el fracaso, porque eso te va a hacer crecer más que el éxito”. De todos modos, la puerta del ego queda un poco abierta: “Hay fracasos que son comerciales, pero pueden ser vanguardia artística. No siempre las dos cosas van de la mano”.

El regreso de Charly a los escenarios se dio a fines de marzo de 2009. Fue un concierto breve y gratuito en la plaza de la ciudad de Luján, cerca de la casa quinta que Palito Ortega había puesto a su disposición y que permitió completar las últimas etapas del tratamiento. El show, casi improvisado, permitió ver a un Charly distinto al toxicómano demoledor de hoteles que conocíamos: estaba realmente hecho bosta. La gente lo apoyó esa tarde, cantó las canciones junto con él y le gritó “aguante”; pero la sensación era de tristeza, de epílogo descendente para una carrera deslumbrante que merecía otro final.
Hoy, ese show se puede apreciar como algo necesario. Para Charly, significó volver a hacer lo que más le gusta, lo que lo mantuvo vivo durante 60 años. Charly necesitaba ir y tocar, sentarse y cantar (horrible, pero hacerlo al fin). Necesitaba recibir el afecto de los que lo siguen y lo quieren. La gente que más lo conoce (sus amigos y su familia) siempre lo describió como un tipo sensible necesitado de afecto. Entonces, desde ese lado fue más que comprensible que García tocase a sólo ocho meses de su internación, a pesar de que casi no se podía mover, de que su voz prácticamente no le respondía y de que transmitía una imagen totalmente distorsionada de lo que alguna vez fue. Era alguien desconocido si se lo comparaba con el tipo que alguna vez bombardeó el estadio de Ferro, el que se le plantó a Bruce Springsteen cuando no lo dejaban tocar con su banda completa en el Festival de Amnesty; o con el que convocó a 300 mil personas en 1999.
Esa tarde, sus seguidores pudieron comprobar que algunos soldados caídos en batalla habían vuelto a su lado. El Zorrito estaba ahí, firme, tocando con él. Luego se incorporó el Negro para el verdadero regreso, el 23 de octubre de 2009, en el estadio de Vélez Sarsfield. El regreso de los dos históricos fue decisión del propio Charly y se debió a algo más que afinidad musical. Ambos habían estado presentes durante los momentos más duros del tratamiento.
“Cuando entró a la internación yo me acerqué a él por la cuestión afectiva que tengo hacia él. Una relación de años que se interrumpía frecuentemente –cuenta el Zorro. Pero cuando pasó lo que pasó me acerqué a él, porque lo considero realmente un amigo mío, un amigo personal de mi familia, alguien que a mí me dio un montón de oportunidades para tocar, para aprender música, para trabajar también. Siempre me ha considerado muy bien y se lo agradezco mucho, porque la cuestión nuestra es una cuestión de gente que escuchaba a García en los recitales y que alcanzó a tocar con él. Es una cuestión bastante particular. Yo fui audiencia de García durante mi adolescencia y lo seguía. Pero el sueño que uno tenía era ser parte, pertenecer a la fauna rockera argentina; y Charly me dio una gran oportunidad. Entonces estoy eternamente agradecido. A mí con él me pasa lo que no me pasó con nadie. Yo con él quería tocar. Con Soda Stereo toqué pero se dio más por casualidad. Con los Ratones (Paranoicos) bueno, son mis amigos. Pero con Charly quería tocar, era como un sueño. Quería llegar a estar bajo el ala protectora de él. Se dio y bueno, después se dio la relación personal, afectuosa. Es una persona que ahora hizo un giro muy grande también en lo afectivo, porque es más cariñoso, como más agradecido y es capaz de decirte ‘te quiero mucho’ y darte un abrazo. Y eso entre amigos es muy lindo y muy necesario para sobrellevar cosas y para aprender a vivir un poco mejor. Así que me acerqué ahí y estuve cerca dando una mano, junto a un grupo de personas que estaba muy cerca y ofrecí lo que yo podía, que era ir a visitarlo. La primera vez que lo visité le llevé un teclado mío y unos auriculares, que él no tenía en la habitación, cuando estaba internado. Y así como estaba me cantó una canción que había hecho mientras estaba internado, ‘Deberías saber por qué’. No me la cantó, me la balbuceó, porque no podía cantar, estaba bastante medicado. La próxima vez que volví le llevé un plato de pastas muy rico, que se lo devoró. Y ya con el tema de salir y que Palito lo llevó al campo, hicimos unas idas y venidas a Luján, a partir del cumpleaños de él. Y un día se le ocurrió tocar en la plaza de Luján. Yo estaba en la cancha de River, viendo Argentina - Venezuela, y recibo un mensaje: ‘Mañana a las 11 Charly quiere ensayar, con vos y con los chilenos (N. de la R: se refiere a Toño Silva Peña, Kiuje Hayashida y Carlos González)’. Y así fue y de ahí, no me bajé. Estaba libre, no estaba con los Ratones y era muy interesante la idea de ayudar a Charly a volver a tocar y armar un grupo profesional de músicos que le dieran a él un entorno musical y profesional ordenado, con un escenario bien armado, con el sonido”.
El Negro comenzó a visitar a Charly en la quinta de Palito: “Ahí empezamos a comer, a estar juntos, a tocar, a zapar, que es lo mejor que le hace a Charly: la música. Y en ningún momento pensé en volver, pero él me lo pidió, él ya tenía su banda con los amigos chilenos, que son unos capos tocando. Entonces se lo pregunté: ‘Pero vos ya tenés tu banda’. ‘No, no, quiero que vengas a tocar conmigo en esta vuelta’. Y para mí fue más que un honor que me lo pida y poder participar, estar a su lado y tocar, que es lo que más me gusta y lo que más le gusta a él. Charly lo dice todo en la música, en su vida, en su forma de ser. Nunca fue una persona comprada por nadie, nunca va a ser una persona vendida. Siempre fue honesto con sí mismo y de ahí con todos nosotros. Y eso es lo que yo veo. Creo que ahora lo está demostrando día a día, cada vez que toca”.
“Esa idea de ayudarlo a tener una banda que suene, un staff, me motivó mucho”, continúa el Zorrito. “Lo que mejor podía hacer por García era armar un proyecto, que vuelva a tocar, porque es su vida tocar. No tiene otras actividades alternativas, nunca las tuvo. Siempre se dedicó solamente a la música. Y así fue. Claro, el choque cultural fue muy grande, de verlo así, de cómo era a cómo fue. Fue un impacto muy grande para todos. No solamente para los que lo siguen. García es una figura que es más transversal. Hay mucha gente que lo sigue y otra que no lo sigue, que no lo escucha, pero que lo quiere, que lo tiene en cuenta, y el impacto era grande: ‘Eh, cómo  va a tocar así’. Pero bueno, empezó como empezó y después fue progresando. Date cuenta que en cuatro años, cuando pintaba que no se podía hacer nada, al final se hizo Vélez, se hicieron 6 Luna Park, 9 Gran Rex, se tocó en Nueva York, Chile, Uruguay, Colombia, en el interior del país; y al principio de todo esto realmente no parecía posible. Era una ilusión”.
Quintiero cuenta las sensaciones que Charly les brindaba a medida que la recuperación iba desarrollándose: “Primero me importaba acompañarlo pero yo tenía una ilusión. Nos mirábamos y decíamos ‘che, qué bueno, mirá si podemos volver. Sabés lo que sería para él volver a tener una situación de estas, artística, que las canciones las podamos tocar tal cuales eran’. Y también era importante que la banda no esté más loca que él, ¿no? (risas) Porque Charly, en los años de Say No More, ha llegado a tener gente más loca que él, entonces es muy complicado estar así. Si uno ya está más o menos excitado y tenés alrededor a gente más loca que vos, directamente es un zoológico. Es muy importante que el staff sea coherente, que trabaje bien y sea responsable para que el artista, que es el que tiene que poner la cara ante el público, se sienta contenido por lo menos desde lo técnico”.

El futuro para Charly es una hoja en blanco. Lo dijo él mismo en reportajes previos, realizados este año. Hoy, asegura sentirse entusiasmado ante la posibilidad de crear algo nuevo para su carrera. “Realmente, creo que voy a hacer algo diferente y eso me tiene excitadísimo”, dice, y revela que su proyecto “va para adelante”. “Y son montones de ideas que tengo, otras que están saliendo, fórmulas matemáticas. Empecé poquito porque estoy muy copado con cómo suena la orquesta. Entonces creo que va a salir un poco de ahí también”, agrega. Charly está tirando pistas sobre su futura obra, pero son imágenes más abstractas, que no revelan demasiado, excepto el espíritu con el que serán encaradas. Desde antes de la internación, Charly viene diciendo que la creación nace en la infancia y en la juventud, que ahí está la fuente de donde el artista se alimenta durante toda su vida. Pero no quiere decir que ahora irá a buscar canciones que compuso cuando era un adolescente, sino que se refiere a seguir haciendo las cosas con la misma convicción y empuje que poseía en esa etapa de su vida. “Yo creo que en la adolescencia y la infancia está toda la creación. Después uno se acuerda. Lo que pasa es que hay gente a la que el cerebro se le va oxidando y no recuerda más la infancia, no vive como un joven. Yo tengo eso conectado a la adolescencia normalmente, no me siento a gusto con la gente de mi edad. Yo me siento a gusto con los pendejos. O sea que el hilo no se cortó, por suerte”.
Para el Negro, Charly mantiene intacta su capacidad creativa (“como de costumbre”). El Zorrito tiene otra visión sobre el futuro discográfico de Charly: “Yo no sé si va a haber un nuevo disco. No estoy convencido, porque me parece que Charly hacía discos porque estaba hiperconectado y lo único que hacía en la vida era eso. Vivía para eso, no se tomaba vacaciones. A veces yo le digo ‘ya está Charly, no hagas nada, disfrutá’. Porque a veces es una angustia tener que hacer algo que pegue, que sea bueno. Cada cosa que el haga la van a comparar con Yendo de la cama al living, con ‘Canción de Alicia’, un estándar muy alto de composición. No es un artista que tiene un tema por disco. Es muy alta la exigencia”.
Siguiendo el orden natural que tuvo la carrera de Charly desde el debut con Sui Géneris hasta hoy, no sería raro pensar que todo el tratamiento, todo lo vivido y sufrido por ese cuerpo que le puso y le pone al asunto, sea el disparador para las nuevas canciones.
“Y mirá, creo que esos saltos al vacío, esas formas de renunciar a lo normal y aventurarse en caminos nuevos te puede ayudar mucho creativamente, pero también tiene sus riesgos. O sea, yo no renuncio a eso, pero eso también tiene un tiempo y no se puede hacer todavía, porque es peligroso. A mí me gusta el peligro, pero…”, dice Charly, dejando la respuesta en el aire. Inmediatamente pide disculpas: se tiene que ir a seguir trabajando.

Bruno Solari, el John Connor de Ricota - I

Este cuento, relato o novela corta (?) fue una estupidez que publiqué durante dos (!) años en la revista Rock Salta. Hacía falta rellenar y darle un contenido más variado a la revi, así que se me ocurrió hacer esta historia ricotera futurista de ciencia ficción, un choreo absoluto a Terminator y a Volver al Futuro. Me imaginé al hijo del Indio viajando al pasado para recuperar los famosos videos de los recitales de Los Redondos para salvar a su padre de un colapso que lo llevaría a la ruina mental. 
Los textos fueron saliendo así nomás, sin pretensiones y muy de apuro; hechos sobre el cierre, para cumplir. La idea fue burlarse del extremo fanatismo del ricotero, que a veces (nos) me invade y no (nos) me deja escuchar otra cosa. Fueron trece episodios. De a poco voy a ir posteándolos a todos. 



Buenos Aires, Argentina, sábado, 15 de abril de 2000.

Acabo de llegar. Esta ciudad no tiene nada que ver con la que conocí. Entiendo que la gente de esta época no podrá comprender jamás mi origen y mucho menos mi objetivo. Sé que hoy es un día especial: papá está a punto de abrir los recitales de su banda en el estadio de River Plate. Aunque suene a broma, durante la década del 90 los conciertos más multitudinarios se realizaban en este lugar. Ahora sería imposible que una banda toque allí. Los equipos del ascenso no pueden manejar semejantes eventos.
Yo todavía no nací, pero por lo que leí en entrevistas, me están buscando. Papá no pudo disfrutar mucho tiempo conmigo, ni yo con él. Haberme tenido a los cincuenta y pico no ayudó y su enfermedad empeoró las cosas. Siempre recuerdo ese último show que dio. Le advertí que intentar realizar un espectáculo en el Amazonas era una locura. La maldita enfermedad que lo llevó a alucinar y crear proyectos utópicos lo terminó de matar. Lo supe cuando apareció en el programa de Charo, que es buena mina pero también se comió el mambo de su viejo. Lamenté la frase “vamos a copar Brasil, estoy preparando todo para tocar en la Luna”. Se burlaron de papá y yo lloré, en Leloir.
Pero sé que cuál es mi misión: recuperar los videos. Sin ellos, la banda no se habría separado. Mejor dicho, sin la desaparición de los videos. Yo le creo al tío Edu cuando dice que en esos tiempos estaba ciego por su amor hacia esa mujer. “Ella es la culpable de que se haya ido todo al carajo”, me contó una vez, después de leerme tres capítulos de la biografía de Krishnamurti.
Hoy, gracias a la tecnología pude llegar hasta acá. Este diario de viaje me va a servir para documentar todo y tener las pruebas necesarias. Los planos ocultos en el Último Bondi sirvieron, tal cual lo dejó escrito el Mono, para construir la máquina del tiempo. Si mis cálculos son precisos, la historia tiene que haber empezado en esta fecha.
En la tele hablan del concierto, un tal Bebe dice que las canciones de la banda de papá son cantadas hasta por las hinchadas de fútbol. Qué raro, nunca supe de semejante hecho. Mañana voy tener que ir a una cancha para intentar comprobarlo.
Encaro para el estadio, la cantidad de gente es impresionante, pero no tanta como la que hubo en Wembley, en la despedida de Las Pastillas. A veces, cuando leo en los libros que en los primeros años del siglo XX se hablaba de un apocalipsis, creo que no pasaba por un fin del mundo literal. El infierno real puede ser peor que la nada misma.
Adentro se pudrió todo: papá cagó a pedos al público porque no lo escuchaban cuando intentaba comunicarles algo. Me hizo acordar a la vez que me retó porque no dije “cultura rock”, en lugar de mi más vulgar “rocanrol”. Cuando termine el show voy a ir a la cabina de edición. Ahí tienen que estar.

Pez: "El Rock es una mentira"


(Ya sé que Pepo no está más, pero esta nota fue realizada unas semanas antes de su partida del grupo. La foto es de Martín Santoro) 

Nota que le da contexto (?): ¡Salvando viejas deudas! Esta entrevista de 2012 a Pez fue publicada en el número 10 de la revista Rock Salta, de junio-julio de 2012. Para la vieja guardia de Frases Rockeras es casi una reivindicación; porque allá por 2007 me comuniqué con la gente que manejaba la prensa del grupo para obtener una nota con Ariel Minimal. La respuesta fue positiva, pero un tanto rara si la vemos desde estos días en los que Minimal se la pasa puteándose con todos por Facebook. La encargada de prensa me pidió que le mande las preguntas por mail para que ella pudiera hacérselas a Ariel, transcribir las respuestas y enviármelas. Para compartir mi alegría utilicé una maniobra muy pelotuda: le comuniqué la noticia a los lectores del blog y les pedí preguntas para hacerle a Minimal una especie de entrevista comunitaria que nunca salió, porque la muchacha en cuestión colgó como las mejores y jamás habló con él. 
Ahora, seis (!) años tarde, por fin, aparece la entrevista a Minimal en Frases Rockeras. No, no le hice ninguna de las preguntas que me mandaron porque me sobran huevos (?).  

Son las once y media de la noche del sábado 19 de mayo de 2012 y un grupo uniforme de 15 adolescentes y veinteañeros está sentado en la vereda, esperando que el boliche de sus amores abra las puertas y les permita bailar, escuchar y disfrutar la música que a ellos los conmueve. La disco de puro rock argentino es un pequeño furor en la San Martín al 1100 de la capital tucumana. A pocos metros, en la misma cuadra, los Pez (el cantante y guitarrista Ariel Minimal; el bajista Fósforo García, el baterista Franco Salvador y el tecladista Pepo Limeres) están parados afuera del Robert Nesta Club, el local en el que dentro de pocos minutos presentarán Volviendo a las cavernas, su último disco, después de una ausencia de seis años en la provincia.
La imagen de los jóvenes “amantes del rock argentino” que esperan para entrar y escuchar los remixes de un DJ, sin notar que en la misma cuadra está a punto de tocar en vivo una de las mejores bandas de los últimos 15 años resulta una alegoría perfecta del camino que Pez transitó desde su formación, a finales de 1993. Una carrera marcada por estar siempre al margen del mainstream, en la vereda opuesta de los tiempos  y los canales de difusión que marca la industria.
La entrevista había comenzado de manera virtual, unos días antes de la vuelta de la banda al NOA (también tocaron en Santiago del Estero, el viernes 11). Vía mail, Minimal explicaba que las dificultades que Pez siempre sufrió para poder salir a tocar por todo el país se debían a su condición de banda independiente. Contaba que desde 2006 ningún productor de la zona se comunicó con ellos. “Al no sonar en las radios ni estar en la tele se hace difícil mover una banda como Pez. Esto es algo que queremos revertir, por eso en este momento estamos más dedicados a tocar en vivo que a grabar. De todos modos, Pez es una banda que estuvo tocando siempre, desde hace 19 años”, declaraba. En el mismo mail, Minimal respondía sobre la posible fórmula para renovar al rock argentino actual: “Puede ser que el truco esté en dejar de escuchar radios pedorras, dejar de leer revistas berretas y salir a ver bandas nuevas, ¡que por suerte siempre hay!”.
Por esos caminos transita el diálogo tucumano, esta vez cara a cara, y con la participación de Fósforo. Pepo se limita a escuchar y no participa de la charla. Franco directamente no está.
 - Hablando de por qué le cuesta tanto salir a Pez, vos decías que era porque nadie los llamaba. Y agregaste que están parando un poco para tocar y salir un poco más.
- Minimal: Sí, no sé si tiene relación una cosa con la otra, pero se dio que este año no vamos a sacar disco nuevo y que estamos saliendo a tocar un poco más por el interior, que nos gusta mucho.
- El querer salir siempre está, el tema es cómo llegar.
- M: Desde siempre, lo que pasa es que nunca supimos cómo hacerlo.
Sergio Ch, de Los Natas, decía que en Argentina estamos 20 años atrasados, y que tendríamos que tener redes federales.
- M: Exactamente: de bandas, de lugares, de sellos discográficos independientes. De un montón de cosas. Estamos desconectados y en todos lados pasan cosas. Pero yo qué sé: supongo que de a poco se irá armando.
- En una entrevista reciente resaltaste la utilidad del Facebook.
- M: Y… comunicación directa entre personas, eso es importante. Puenteás un montón de cosas.
- Bueno, Internet en realidad.
- M: Sí, lo que pasa es que el Facebook es una red social con mucha gente adentro entonces es útil de por sí.
- ¿Se traduce la ayuda de Internet en la popularidad de la banda, en su crecimiento?
- M: No, la verdad no te puedo hacer un análisis, no sé. Yo lo que veo es que a cada lugar que vamos hay pibes, que todos escuchamos la misma música, nos vestimos parecidos, fumamos porros, no sé… como que existe la movida en todo el país. Sólo que hay que conectarse. Lo que decía Sergio, es eso: estamos atrasados en cuanto al armado de una plataforma independiente que no sea la de los grandes festivales y de los grandes medios. Como ya te digo: en todos los lugares existe, sólo que no estamos interconectados.
- Lo de los festivales y los medios es algo que también influye. Uno sabe qué bandas tocan aunque no veas la grilla.  
- M: Claro (se ríe), las bandas se saben cuáles son porque son siempre las mismas. Son gustos, existe todo y está buenísimo que exista eso. Hay público para todo, además. Hay gente que le gusta ir a esos megafestivales, no importa quién toque. Va al festival de Quilmes, por ejemplo, a un estadio.
- Fósforo: En una de esas es su idea del rock.
- M: Claro, piensan que el rock es eso: lo que sale en la Rock & Pop, lo que te vende (MarioPergolini y lo que sale en la Rolling Stone. Hay gente que piensa que eso es el rock, nada más. Pero hay espacio para todo.
- Pero está la famosa cuestión de decir que si Pez o alguna otra banda saliera en esos medios o tocara en esos festivales, se renovaría la escena y cambiaría la historia.
- M: Eventualmente salimos todos en todos lados, pero (se calla, duda) no sé, la verdad… yo estoy en el lugar donde quiero estar. No me interesa…
- No te interesa tocar de telonero de AC/DC.
- M: Quizás sí está bueno. A mí me gusta AC/DC, estaría bueno tocar de telonero de AC/DC. Ahora, si mi idea de mi carrera es tocar de telonero de AC/DC, estoy en el horno. Lo mismo, si vos me decís que me llama Rolling Stone y me dice “Che, hacemos la tapa con Pez”, está bueno. Pero ahora, ¿estoy soñando, deseando, por las noches sueño que salgo en la tapa de Rolling Stone? No, me chupa un huevo. ¿Entendés? Me pasa eso a todo nivel. No es una cuestión “ellos y nosotros”. Nosotros somos unos infiltrados, nosotros tocamos en todos esos festivales. Ahora hace rato que no nos llaman, pero hemos tocado en el Quilmes, en el Pepsi, en Cosquín, en todos lados. No estamos en contra de eso, salvo que nosotros nos movemos por otro lado. Eventualmente nos movemos por los mismos lugares que ellos, a veces. En Capital tocamos en los mismos lugares donde tocan las bandas que tocan en los festivales. Pero, no sé, para nosotros son todos escenarios. No hay un escenario malo para nosotros.
- ¿Y creen que la gran cantidad de géneros que abordan les juega en contra en ese sentido?
- F (piensa un ratito): No tengo idea. No nos importa tampoco, pero no tengo idea, no creo que pase por ahí.
- M: No analizamos mucho lo que pasa con nosotros. Nosotros hacemos.
- Claro, es que uno ve que hay un montón de bandas buenas que no tienen tanto espacio.
- M: Lo que pasa es que en los festivales tocan las bandas de los sellos, los sellos meten a sus bandas. Es toda una cosa muy institucional de la que nosotros estamos afuera. Entonces, a veces, de casualidad, entramos en algún lado, pero por lo general estamos afuera. Ahora, el martes, vamos a tocar en la Rock &  Pop, en Buenos Aires, un show de 45 minutos en la Trasnoche de R&P. Y a la vez, no nos pasan nunca. Hace 20 años que no nos pasan nunca. No es que sonamos en la R&P. Porque nunca nosotros tampoco pagamos como banda o como sello discográfico para sonar en la R&P. Estamos afuera, nos movemos afuera, por momentos los caminos se unen y se separan de vuelta. Pero no analizamos mucho ni nos interesa analizar mucho.

Efectivamente, el martes 22 de mayo, Pez da un gran show en el estudio Norberto Napolitano de la FM porteña. A los dos días, el grupo comunica desde su Facebook que “los amigos de la Trasnoche Rock & Pop se habían copado y subido el show en la radio del martes a la madrugada... pero las autoridades de la radio se calzaron la gorra y se lo hicieron bajar”. Dos días después, otra vez desde el Face, la banda (probablemente Minimal) linkea y asegura: “Viejas... acá están los dos primeros temas del otro día en lo de los pibes de la Trasnoche de R&P (tiro la sigla por las dudas... es la radio dónde el rock se puso un estudio jurídico-contable)”.

A pesar de los distintos temas para hablar, la entrevista en la puerta del Nesta cae una y otra vez en el mismo lugar. A medida que pasan las preguntas, el camino alternativo de la banda y su negativa a formar parte del circuito comercial se hacen presentes. Minimal intenta ser protocolar y en un principio dice que “está todo bien”, pero en el fondo su espíritu punk de base aflora y manda a cagar a todo el establishment rockero. La primera forma de rechazo es, precisamente, hacer la suya. El grupo edita sus trabajos y el de sus colegas amigos a través de su sello Azione Artigianale. Además, Minimal realiza constantemente trabajos paralelos entre los que se pueden contar el elogiadísimo Flopa Manza Minimal, de 2003, casi la piedra fundamental del boom de los cantautores indies que afloró en los últimos años y fue lo más parecido a una renovación en el rock argentino. Durante mayo apareció La piedra en el aire, el disco en colaboración con Flopa Lestani; y Automatización, un EP hardcore de 4 canciones en menos de 6 minutos. Todos (los de Pez también) están disponibles para su descarga legal y gratuita.
¿Están preparando una caja?
- M: En nuestra mente la estamos preparando. El año que viene nos vamos a sentar a prepararla. Pero sí, queremos hacer un box set que sea un libro, un par de DVDs y un par de CDs y que un poco recorra la historia, queremos que salga para conmemorar los 20 años de la banda, que van a ser a fines del año que viene. Con cosas en vivo, el DVD va a traer una película llamada Hay lo que hay, que son los primeros 10 años de la banda. El otro DVD va a ser algo que grafique los segundos 10 años de la banda. Y en audio tenemos que ponernos a revisar todo lo que tenemos para elegir: desde versiones de demo diferentes a la de los discos, cosas en vivo, cosas en vivo con invitados, canciones que quedaron afuera de los discos.
- ¿Cuál es el disco de Pez que más te gusta?
- M: No es que me guste más. Son todos diferentes. A mí me gusta mucho Frágilinvencible, me gusta mucho Los Orfebres, me gusta mucho Hoy, me gusta mucho Cavernas. Pero la verdad que no… (piensa) Si hubiéramos hecho el mismo disco 15 veces sí habría uno que claramente puede ser mejor que otro; por una cuestión de guita para grabarlo, inspiración, momento, lo que sea. Pero al ser tan diferentes los discos, no hay uno.
- En una nota decías que ustedes no tienen grandes éxitos y por eso hiciste el tema “Pequeños fracasos”, como una ironía y un claro camino por dónde va la banda.
- M: Sí, pasa que… a ver (piensa): si nosotros entráramos en algún tipo de competición de banda de rock…
- ¿Tipo concurso?
- M: No, de nuestra carrera, de lo que sea. Como que no podemos competir, somos amateurs nosotros. No sé cómo explicarte… (se ríe y le habla a Fósforo) ¡Estoy queriendo decir lo contrario en realidad!
- F: No, la idea de ser una banda más grande, que lleva más gente…
- M: Claro, nosotros estamos afuera. Somos una banda única. Nosotros somos Pez, y estamos en el lugar que está Pez. Hacemos la música que hace Pez. No queremos ser otra banda, no queremos estar en otro lugar que en el que estamos. Todo lo que nos pasa es lo que nos pasa. Es nuestra vida, yo no quiero vivir la vida de otro. No me interesa. No me gustaría ser Ale Sergi y que pasen mi música en la tele o ser los Decadentes y que todos los barrabravas canten mis canciones. Nosotros hacemos lo que hacemos, nos pasa lo que nos pasa y esa es nuestra vida.
- En general, la prensa y el público están pendientes de muchas cosas que rodean a la música y que para los músicos no es importante, no les prestan atención.
- M: Es que los músicos en general están drogados entonces no están pendientes de nada (risas). Y todo lo que uno piensa “¿Qué habrá querido decir?”… No, estaba drogado y dijo cualquier cosa.
- F: Es que básicamente es eso, porque vos escuchás los discos, ves la banda en vivo pero todo el proceso de atrás es tan distinto como cada banda entre sí. El cómo llegás a eso y hacés es una cosa de mezcla de millones de posibilidades distintas y cada uno, cada banda, la lleva como puede.
- Ustedes sacan discos muy seguido, casi uno por año, ¿eso es algo que se da en conjunto o vos, Ariel, al ser el más prolífico sos el más insistente para grabar?
- M: Soy el más profiláctico yo (risas). Por lo general sí, pero igual la banda tiene una pulsión por registrar todo lo que hacemos. Hacemos lo que queremos. Quisimos sacar 15 discos en 15 años y lo hicimos. Y ahora si no queremos grabar no lo hacemos. No tenemos un contrato (piensa). No tenemos ni siquiera la esclavitud del éxito. No sé, llenás un estadio y tenés que tocar esa canción porque si no la gente te mata y tenés que mantener toda una cosa girando porque sos una megaempresa y hay gente que depende de eso. Nosotros no, hacemos lo que nos gusta.
- Encima vos tenés fama de cabrón…
- M (haciéndose el enojado): ¡Patrañas! ¡Mentiras!
- Está esa famosa frase “¡Cállense putos!” que tiraste ante el público…
- M: Y lo que pasa es que hablamos así en el barrio: “Callate, pedazo de puto”, nos decimos. No decimos “por favor, ¿podría guardar silencio?”.
- Claro, pero esa actitud es políticamente incorrecta en el mundo del rock de hoy.
- M: ¡Lo que pasa es que el rock es una vergüenza, loco! ¡El rock es una mentira! Un chabón completamente duro que empieza a mirar las banderas: “¡La gente de Hurlingham!”. Toda una chupada de medias de mentira. Eso le hizo muy mal al rock. Es importante la gente y la banda en el rock. Las dos cosas son importantes, pero cuando la gente empieza a ser más importante que la banda, se pone re berreta el asunto.
- Y eso derivó en Cromañón.
- M: Ssssí, (duda), sí, no sé… (más seguro) Sí, la estupidización del rock.
- Porque la gente se siente tan importante que lleva trapos, bengalas.
- F: No, pero eso está fomentado, aparte, por las bandas. Ahí es cuando se torna realmente un bajón. Porque de última una cosa espontánea, que alguien salte y haga determinada cosa; pero si vos ya estás inflando la situación… Pasó mucho que eso estaba fomentado por las bandas.
- Y bueno, es algo que se viene ya desgastando. Se está agotando esa forma del rock y por eso la prensa y parte del público insiste con que es necesario un cambio y por eso jodemos con que ustedes, o una banda nueva, salga con algo distinto.
- M (que entendió mal): Hace 20 años que tocamos ¿Banda nueva? ¿Sabés lo que son 20 años? (se ríe) ¿Cuántos tenés vos?
- ¿Yo? 29.
- M: Bueno, imaginate 20 (se ríe).
- Pero serían una banda nueva en el mainstream.
- M (piensa un rato): Si tenemos en mente una diferenciación y sabemos que algo es el mainstream, que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa; no queramos mezclar todo y queramos premiar, no sé, como que el mainstream es lo que va. “Por más que sabemos que es una mierda, el mainstream es la que va y estaría bueno que Pez toque en un festival” ¿Por qué?
- Pero porque llega a más gente.
- M: ¿Por qué? ¡No! Es lo mismo que pensar: “Loco, yo tengo una idea buenísima para un programa de televisión, ojalá lo pueda plasmar y estar en un segmento del programa de Tinelli”. ¡No! No quiero estar ahí, me tengo que abrir a otro lugar. No quiero estar ahí, si esto es lo que a mí no me gusta, ¿para qué voy a estar ahí? Es eso.
- F: Aparte, nosotros también nos manejamos de alguna forma como para que lo que nosotros queremos hacer, que es tocar, se vaya dando. Tampoco necesito algo como “todo el mundo tiene que escuchar Pez ya mismo”. Todos en algún momento, desde la adolescencia, van buscando cosas. Empezás por lo más fácil, lo que está en los medios más masivos; pero después vas viendo que además de eso hay otras cosas. Y así es la búsqueda con todo.
- M: Es para el que le interese, no es para todos.
- Claro, esa “queja” es para que la opción esté mucho más visible. “Estaría bueno que no pongan a la misma banda de siempre, sino que vaya otra, por ejemplo: Pez”.
- F: La verdad que no nos quita el sueño.
En ese momento, un pibe se le acerca a Minimal con los discos de la banda y le pide un autógrafo en cada uno. Ariel firma, pero se niega a dedicarlos. “Lo máximo que te puedo poner es el símbolo de la paz”, le dice al fanático, que antes de irse le pide posar juntos para una foto.
Igual te sacás tus fotos.
- M: Sí (piensa)… no sé, estoy viejo, estoy bueno. Durante muchas épocas capáz que salía con cara de orto, miraba para abajo. Ahora trato de sonreír. Ayer nos sacaron una foto con Beto César y Pablito Ruíz en Aeroparque, jodiendo. Todos se copan y es la que va. Si vienen a pedir fotos se las re doy.
- F: Aparte lo hacemos así más relajados porque ya sabemos que los pibes se copan. Es mucho más quilombo decirles que no.
- M: Claro, es mucho más quilombo explicarles “¿Para qué carajo querés una foto mía?”.
- F: O decirles “sacate una foto con tu tía, que la querés”.

Tras la entrevista en la vereda, la banda se guarda en camarines hasta el momento del show. 200 personas responderán de mayor manera con las canciones de la etapa más progresiva del grupo (“Los orfebres”) y algún que otro “hit” (“Bettie al desierto”); y no tanto con los temas de origen más punk (“El fútbol por lo menos les enciende el alma”). A pesar de que ya no tiene 30 años, Minimal sigue siendo pura descarga eléctrica contenida en menos de 1,70 m, que además rebalsa de la sensibilidad necesaria como para seguir encabezando la lista de mejores compositores de su generación.  Al final, transpirado, en cueros y repleto de tatuajes; baja por las escaleras del escenario del Robert Nesta y se abre paso entre la gente, exhausto, diciendo con gestos que ya está, se acabó. Y nadie le dice nada.